Alícia Adserà: «En Estados Unidos, encontré un ecosistema que estimula los procesos creativos y que permite reinventarse»

Alícia Adserà es demógrafa y economista. Licenciada en la Universidad de Barcelona y doctorada en la Universidad de Boston, lleva más de quince años de profesora en la Princeton School of Public and International Affairs, Nueva Jersey, Estados Unidos, donde imparte clases sobre desarrollo económico, migraciones, demografía y género. Es, al mismo tiempo, autora de diversas publicaciones e investigaciones centradas en el análisis de la natalidad en los países de la OCDE y de Latinoamérica, en la importancia que tiene la lengua en los procesos migratorios y en cómo influyen las migraciones en los mercados laborales. Hoy, conversamos con ella sobre su trayectoria profesional, que le ha llevado de Cataluña a Massachusetts, Illinois u Ohio, entre otros.

Estos días está de visita en Barcelona.

Sí, pero esta vez no vengo de Estados Unidos. Acabo de aterrizar de Italia. Actualmente, estoy en un año sabático e investigando en el departamento de economía de la European University Institute, en Florencia. He venido a Barcelona para asistir a un pequeño congreso que realizamos en la Universidad de Barcelona para hablar de un libro sobre política económica española que estamos editando. Concretamente, firmo un capítulo que analiza cómo acabará afectando la tendencia demográfica de España el pago de las pensiones. También intento explicar cómo se ha llegado a forjar un panorama tan desastroso.

¿Debemos preocuparnos mucho?

Bien, España tiene récords en todo. Por un lado, es uno de los países con mayor esperanza de vida del planeta y, por otro, tiene una de las fertilidades más bajas del mundo. Esta situación, que viene dandose desde hace décadas y está muy relacionada con las complicadas condiciones laborales, ha hecho que España tenga una población cada vez más envejecida. Se calcula que, en 2050, será uno de los países más envejecidos, junto a Japón y Corea del Sur. Esto supone un problema para el actual sistema de pensiones. Se diseñó en los años 40, cuando la mayoría de personas trabajaban en profesiones que requerían grandes esfuerzos físicos. Las duras condiciones laborales, entre otros aspectos, provocaban que la esperanza de vida no fuera tan alta y, por tanto, que el Estado no tuviera que pagar tantas pensiones. Hoy, el panorama es muy diferente. El gasto en pensiones se ha disparado y mantenerlo con el diseño actual no es sostenible. Las posibles soluciones, como retrasar la edad de jubilación, e incrementar cotizaciones y/o impuestos, son complejas y requieren grandes consensos políticos.

¿En Estados Unidos, el panorama es diferente?

Está algo mejor. Los desequilibrios son menores. El país recibe muchos más inmigrantes, las personas complementan las pensiones públicas con las pensiones privadas y hay una fertilidad más alta. El resultado es que, de promedio, la población es mucho más joven que en España.

Precisamente, usted forma parte de esas personas que, un día, decidieron aterrizar en Estados Unidos, quedarse a vivir y cotizar con ellos. ¿Cuándo tomó la decisión?

Fue a principios de los años 90. Me fui a Estados Unidos tan sólo unas semanas después de terminar la carrera de Economía en la Universidad de Barcelona. Siempre había querido ir a estudiar fuera y mi pareja había estado cursando un master en Estados Unidos. Me pareció que sería el lugar ideal donde ir a hacer mi doctorado. Entonces no había Internet e informarte sobre la documentación que tenías que presentar y los exámenes que tenías que aprobar para que te aceptaran era muy complicado. Por suerte, en Barcelona ya teníamos la biblioteca del Instituto de Estudios Norteamericanos, donde pude orientarme.

Y aterrizó en Boston. ¿Qué encontró?

Un mundo completamente nuevo. En Barcelona siempre había vivido en el mismo sitio y, llegar a Boston, fue todo un choque. Una de las cosas que más me impresionó fue la intensidad de la vida académica. Hacer un doctorado quería decir dedicar los siete días de la semana. También me encantó encontrar un ecosistema enfocado a estimular los procesos creativos. Allí podías atreverte a pensar y a plantear temas desde otros puntos de vista. Encontré un ambiente universitario cargado de energía, dotado de muchos recursos y con un equipo de profesionales de altísimo nivel, desde los profesores hasta el personal de administración. Además, estudiar el doctorado allí me brindó la posibilidad de conocer a gente de todo el mundo. Entonces, en España, la sociedad todavía era muy homogénea. Pese a tener grandes problemas y desigualdades, para mí Estados Unidos es un país cargado de segundas oportunidades.

Exactamente, ¿en qué lo detecta?

En el sistema universitario, por ejemplo, que da muchas segundas oportunidades al alumnado. Cuando los chicos y chicas comienzan la carrera, no se les encasilla dentro de una sola facultad. Pueden estudiar economía y complementarlo con una asignatura de literatura rusa, si lo desean. En España, sin embargo, durante muchos años se creyó que, si el alumno hacía esto, estaba perdiendo el tiempo. Allí, los primeros años confeccionas un menú de clases y vas probando qué te gusta. No es hasta finales del segundo año que no decides en qué quieres especializarte. En Estados Unidos, existe una gran flexibilidad para reinventarse. Si no eres feliz haciendo lo que haces, puedes decidir cambiar de trabajo o irte a vivir a otro sitio en cualquier momento de tu vida. Se tiene menos miedo al riesgo.

De hecho, usted ha vivido en muchos lugares de Estados Unidos. De Boston, por ejemplo, se marchó a Ohio.

Sí. Fui a terminar el doctorado allí, a distancia, porque mi marido había encontrado trabajo en The Ohio State University, en Columbus. Una vez presentada la tesis decidimos volver a Barcelona durante dos años, donde ejercí de profesora en la Universidad Autónoma de Barcelona. Sin embargo, el potencial y la energía de las universidades norteamericanas ya nos había deslumbrado y decidimos volver a Estados Unidos. No fue fácil tomar la decisión. Yo me siento catalana, pero también quiero a Estados Unidos. Forman parte de mi identidad. Con mis tres hijos, que ya nacieron allí, hablamos catalán. Cuando volví, estuve un año de profesora visitante en The Ohio State University y enseguida nos llegó una nueva oportunidad.

E hicieron las maletas hacia Chicago.

Allí, hay mucha movilidad de profesores y profesoras entre universidades. En las Universidades de Chicago e Illinois fuimos muy felices, pero un día recibimos otra oferta. Esta vez, para ir a la Universidad de Princeton. El mundo universitario de Estados Unidos es muy distinto al catalán. Se parece mucho más a un mundo empresarial. A grandes rasgos, funciona como un mercado, sin la visión utilitarista que se le otorga a ese concepto. Me incorporé a la Escuela de Asuntos públicos e Internacionales de la Universidad de Princeton a dar clases de economía y, desde entonces, ya han pasado quince años.

¿Qué ha encontrado en Princeton que le haya decidido quedarse?

Tengo acceso a unos compañeros y compañeras, a unos recursos y un nivel de estudiantes que hace que sea un gozo trabajar allí. Además, tenemos un aeropuerto con conexión directa con Barcelona a tan sólo 45 minutos, por la que podemos viajar con frecuencia. Profesionalmente, allí la capital catalana está muy bien considerada. Ha sabido hacerse un sitio en el mapa en disciplinas como la demografía, la economía o la biología, con universidades como la Universidad Pompeu Fabra, la Universidad Autónoma de Barcelona o la Universidad de Barcelona, ​​que están muy bien posicionadas y conectadas. De hecho, hay muchos profesores que, como yo, un día decidieron marcharse de Cataluña para volver enriquecidos y con más experiencia. Las universidades americanas saben que, en Barcelona, ​​existen interesantes centros de investigación.

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