Victòria Alsina: «Tendemos a simplificar al votante republicano: miramos a Estados Unidos con unos ojos demasiado europeos»
Politóloga, profesora de Ciencias Políticas y miembro del patronato del IEN
El próximo 3 de noviembre, los estadounidenses vuelven a las urnas. Las elecciones de mitad de mandato, conocidas como midterms, renovarán por completo la Cámara de Representantes y una tercera parte del Senado, y determinarán el equilibrio de fuerzas en el Congreso durante los dos últimos años del mandato de Donald Trump. Actualmente, los republicanos tienen la mayoría en ambas cámaras, aunque con un margen estrecho: los demócratas necesitan ganar tres escaños en la Cámara de Representantes para recuperar su control y cuatro en el Senado. La cita llega, además, en un momento de desgaste para el presidente: una encuesta de Reuters/Ipsos publicada en septiembre sitúa su aprobación en el 32 %, el nivel más bajo registrado por esta serie.
Victòria Alsina sigue de cerca la política estadounidense desde hace años. Politóloga y doctora en Ciencias Políticas y Sociales por la Universidad Pompeu Fabra, trabajó durante una década en Estados Unidos, primero vinculada a la Harvard Kennedy School y, posteriormente, como profesora y directora académica del Center for Urban Science + Progress de la Universidad de Nueva York. Entre 2018 y 2019 fue delegada del Govern de Catalunya en Estados Unidos y Canadá y, entre 2021 y 2022, consejera de Acción Exterior y Gobierno Abierto de la Generalitat. Actualmente es directora de Estrategia y Planificación del IL3-Universidad de Barcelona, profesora de Ciencia Política en la UPF y miembro del patronato del Instituto de Estudios Norteamericanos.
Con ella analizamos qué está realmente en juego en estas midterms, qué explica la fortaleza del trumpismo y por qué desde Europa a menudo nos cuesta entender cómo votan los estadounidenses.
¿Por qué estas midterms son especialmente relevantes? ¿Qué está realmente en juego?
Hay una pregunta que me parece muy interesante plantearnos: si estamos ante la corrección habitual que sufre el partido de un presidente impopular en unas elecciones de mitad de mandato o si, por el contrario, existen elementos para que esa corrección sea más importante. Históricamente, las midterms suelen perjudicar al partido que ocupa la Casa Blanca, pero esta vez hay factores que hacen especialmente interesante seguirlas.
Uno de esos factores es que Trump no aparece en la papeleta, pero al mismo tiempo ha hecho muchos esfuerzos por nacionalizar estas elecciones. Hay candidatos republicanos a quienes podría interesarles que su contienda se interpretara en clave local, pero Trump ha querido situarse en el centro de la campaña. Y eso ocurre en un momento en el que su nivel de aprobación es bajo.
¿Qué otros factores pueden acabar siendo determinantes?
Hay dos más que me parecen especialmente importantes. El primero es la affordability, el coste de la vida. La economía ha vuelto al centro de las preocupaciones de los estadounidenses. En las presidenciales tuvieron mucho peso cuestiones como la inmigración, la seguridad o todo el discurso del Make America Great Again. Ahora, en cambio, el coste de la vida vuelve a ocupar una posición central, y eso es relevante porque suele perjudicar al partido que gobierna.
El segundo factor es la movilización. Una parte de los perfiles que Trump consiguió movilizar especialmente bien en las presidenciales (hombres jóvenes, votantes hispanos o personas sin estudios universitarios) tradicionalmente participa menos en unas midterms. En cambio, existe un electorado demócrata muy movilizado por el rechazo a Trump. La gran pregunta es hasta qué punto cada uno de los dos partidos será capaz de llevar a sus votantes a las urnas.
Desde Europa a menudo no acabamos de entender qué ocurre en Estados Unidos. ¿Qué es lo que nos cuesta ver?
Creo que en Europa simplificamos mucho quién es el votante republicano. Tenemos tendencia a caricaturizarlo y a pensar que quien vota a Trump responde a un perfil muy concreto, casi extremo. Y no es así. Hay mucha gente perfectamente racional en Estados Unidos que vota al Partido Republicano por motivos que desde Europa no acabamos de procesar.
El Partido Republicano, con Trump, fue capaz de conectar muy bien con preocupaciones que ya existían entre los estadounidenses: la sensación de descontrol en las fronteras, la inflación o la situación económica. Mientras tanto, el Partido Demócrata tenía una agenda que conectaba mucho más con la sensibilidad europea y que, por tanto, desde aquí nos resultaba más cercana. Creo que este es uno de nuestros grandes sesgos: sobredimensionamos la conexión con los demócratas porque su agenda se parece más a la europea y simplificamos mucho más al votante republicano.
¿Y eso ayuda a explicar por qué Trump mantiene una base de apoyo tan sólida?
Sí. Trump supo conectar con las preocupaciones de una parte importante de la clase media y trabajadora estadounidense, especialmente con esa sensación de descontrol y con las preocupaciones económicas. Pero, al mismo tiempo, fue capaz de construir una campaña con un factor de ilusión. El Make America Great Again no era solo un eslogan: proyectaba una determinada idea sobre lo que significaba volver a ser estadounidense. Conectó preocupación e ilusión, y eso desde Europa no supimos interpretarlo suficientemente bien.
Y creo que hay otra cuestión importante: esta estrategia irá más allá de Trump. El Partido Republicano sabe que necesita ampliar su base electoral y conectar con votantes que tradicionalmente no formaban parte de su núcleo más claro, como los hispanos, los jóvenes o una parte de los votantes afroamericanos. Por eso creo que el marco político que ha creado Trump difícilmente desaparecerá cuando él deje de ser el protagonista.
¿Desde Estados Unidos también tienen esa sensación de que en Europa no acabamos de entenderlos?
Es que no les importa demasiado. La política internacional ocupa un espacio mucho más pequeño en el debate público estadounidense del que ocupa la política estadounidense en Europa. Nosotros observamos constantemente qué hace Washington, qué dice el presidente de Estados Unidos sobre Europa o qué ocurre con Ucrania. Pero eso no significa que el ciudadano estadounidense lo siga con la misma intensidad.
Recuerdo haber comparado portadas de periódicos en momentos en que en Europa toda la atención estaba puesta en una cuestión internacional relacionada con Trump y Zelenski y, ese mismo día, en Estados Unidos el gran tema era el encarecimiento de los huevos. Esto explica muy bien la diferencia de perspectiva: para un votante estadounidense, muchas veces el precio de la compra tiene un peso mucho más inmediato que lo que está ocurriendo en Europa.
Para entender qué ocurrirá el 3 de noviembre, ¿debemos dejar también de mirar las midterms como si fueran unas únicas elecciones nacionales?
Totalmente. Este es otro de los errores que cometemos desde Europa. No estamos ante unas elecciones nacionales en el sentido en que nosotros solemos entenderlas. En la Cámara de Representantes hay 435 elecciones diferentes, una en cada distrito, y en el Senado cada estado tiene sus propias dinámicas. Por eso, una previsión basada únicamente en datos nacionales tiene muchas limitaciones.
El sistema es muy rígido y hay relativamente pocos distritos realmente competitivos. Las batallas decisivas están muy concentradas territorialmente. Eso obliga a mirar estado por estado y distrito por distrito. Puedes tener una tendencia nacional muy clara y, aun así, que la traducción en escaños sea mucho menos espectacular de lo que parecería desde fuera.
¿Y en el Senado?
El Senado es todavía más complejo para los demócratas. Necesitan conservar los escaños que tienen en los estados más competitivos y, al mismo tiempo, ganar nuevos en territorios que hasta ahora han sido republicanos.
Este año hay casos interesantes porque se han incorporado al mapa electoral estados que hace unos años prácticamente no habríamos tenido que seguir. Texas es el ejemplo más claro. Es un estado tradicionalmente republicano donde, en estas midterms, la carrera por el Senado está generando una atención y una inversión muy superiores a las habituales. Esto demuestra, una vez más, que el mapa electoral estadounidense es mucho más complejo de lo que solemos percibir desde Europa.
Sea cual sea el resultado, ¿pueden estas midterms modificar la relación de Estados Unidos con Europa?
No creo que cambien el marco de fondo. La política internacional de Trump parte de una idea muy clara de America First y de una voluntad de redefinir la relación con Europa, ya sea en defensa, comercio o tecnología.
Una de las características de Trump es que ha difuminado mucho la frontera entre política comercial, política exterior y seguridad nacional. Utiliza, por ejemplo, los aranceles como una herramienta de negociación geopolítica. Por tanto, aunque el resultado de las midterms pueda condicionar la política interior y la relación con el Congreso, no creo que altere esta concepción general de la política exterior.
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