Edison y la bombilla: cómo entender la innovación americana a través de un invento

Dr. Ernest Freeberg Edison
Bego Grau
Por Núria Casas

El profesor emérito Ernest Freeberg imparte una charla magistral en la sede del IEN.

La conferencia fue organizada por la Fundación Instituto de Estudios Norteamericanos (IEN), el Consulado General de los EE. UU. en Barcelona y Fulbright Network Spain, como parte de las actividades de conmemoración del 250.º aniversario de la fundación de los Estados Unidos.

Hay una frase que se repite como un mantra. Sin riesgo a ser originales, es cierto aquello que dicen: Hay que conocer el pasado para entender el presente, una máxima popularizada por el célebre científico Carl Sagan. Una máxima a la que podemos añadir el hecho que, si entendemos nuestra historia podemos saber cómo se construirá nuestro futuro. Porque la vida es cíclica. Ernest Freeberg, Profesor Emérito de la Universidad de Tennessee-Knoxville ha impartido una ponencia en la sede del Instituto de Estudios Norteamericanos de Barcelona que nos ha hecho reflexionar sobre ello. A partir de la bombilla, uno de los múltiples inventos que desarrolló Thomas Alva Edison, nos explica cómo Estados Unidos y, concretamente, los estadounidenses se convirtieron en una nación de inventores.

La invención como cultura

En el relato inicial, Freeberg da una relación de elementos y hechos históricos que nos sirven para argumentar el porqué del carácter de esta sociedad: “A finales del siglo XIX fue cuando Estados Unidos empezó a convertirse en una nación de inventores. Hubo una segunda revolución industrial que trajo huelgas laborales, ciudades con conflictos étnicos y contaminación. Pero mucha gente era optimista y pensaba que vivía en la mejor época en cuanto a inventos: el telégrafo, el teléfono, los automóviles. Estaba surgiendo un mundo de riqueza y comenzaron a ver la invención como un proceso habitual”. Este es el punto de arranque que sitúa el profesor.

¿Cómo nace el sistema de patentes americano?

En todo momento, esta transformación se hace fruto de un instinto colectivo, pero también casual e incluso orgánico. Ni el mismo Edison, por poner el ejemplo en él, era consciente: “Normalmente asociamos una bombilla con la sabiduría y la invención, aunque ni el propio inventor lo sabía. De hecho, él mismo llegó a poseer unas 2.000 patentes”, subraya Freeberg en su conferencia donde ilustra el momento como una auténtica revolución tecnológica. Del mismo modo que no se tomaba conciencia de lo que estos cambios supondrían en el corto y largo plazo, tampoco había una visión esquematizada de cómo hacer escalar esta ambición por crear y crear: “En aquella época no existía realmente la figura del intelectual con formación académica tal y como la entendemos hoy, por lo que, hacia finales de siglo, Estados Unidos estaba fascinado por las nuevas tecnologías. La gente quería cambiar su fortuna o aumentarla. Estaban obsesionados con las actividades científicas y con crear mejoras prácticas para la vida cotidiana. Máquinas que ahorraban trabajo, instrumentos que reducían los costes de producción, entre otros”.

Dr. Ernest Freeberg EdisonExistía una auténtica pasión por la investigación científica y por crear mejoras prácticas para la vida cotidiana. Y, en su origen, hay el sistema de patentes. Es una revolución tecnológica, pero también social e incluso antropológica. El profesor argumenta que esto también cambia o acentúa el carácter de la población americana por la obsesión hacia el progreso y el trabajo.

Y, más allá de la bombilla, hay otros inventos que se suman a esta tendencia. “El telégrafo fue un gran paso en ese sentido. La cultura que Edison ayudó a crear tenía mucho que ver con la educación pública. No había grandes universidades, pero la educación era accesible para todo el mundo”.

Edison, creador de auténticas fábricas de innovación

La figura de Edison es el vivo ejemplo de cómo se gesta el sueño americano. No solo lo recordamos por una bombilla, sino que también por un sistema más amplio. Integraba dispositivos ya existentes, pero dependía de un gran equipo de trabajo instalado en una casa de campo, donde reunió a físicos, químicos y otros especialistas. En resumen: “Inventó una nueva forma de inventar, utilizando el talento de distintas personas para crear una auténtica fábrica de innovación. Su objetivo era poseer las patentes y ser el primero en conseguirlo”, subraya el profesor emérito.

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La otra cara de la moneda fue Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos entre 1801 y 1809 y uno de los padres de la nación. Pero en este artículo, su importancia rae en ser el primer administrador del sistema de patentes de Estados Unidos y era el máximo responsable en revisar las primeras solicitudes como Secretario de Estado tras la aprobación de la primera Ley de Patentes moderna en 1790, mucho antes de ser presidente. Lo curioso de todo ello era que, precisamente él, detestaba las patentes. Pensaba que solo beneficiaban a las élites y creía que nadie debía ser propietario de una patente. “Sin embargo, las patentes acabaron distribuyéndose por todo el país, de modo que nadie podía copiarlas directamente, pero sí inspirarse en ellas. Ahora tanto hombres como mujeres podían obtener beneficios económicos de una buena idea. Se registraron unas 600 patentes y la cifra aumentó rápidamente en pocos años”, recuerda Freeberg.

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¿Y cómo vivía Europa? Con luz de gas

En paralelo, este cambio polariza la riqueza americana y empieza a diseñar un tablero geopolítico más parecido al que conocemos actualmente. Hablamos de la irrupción del nuevo continente frente al viejo. “Franceses, británicos y rusos habían estado experimentando con otro tipo de bombilla, pero no funcionaba, así que volvieron al gas”, recuerda el profesor. Y añade: “Charles Brush desarrolló algo en 1877 y, de repente, Broadway, Nueva York, quedó iluminado. Había una luz gigantesca en medio de la ciudad, como una luna enorme. Las calles parecían más seguras, pero la gente tenía que usar paraguas porque la luz era demasiado intensa y les daba un aspecto muy fantasmal”. Ernest Freeberg también entra de lleno en el detalle de cómo la luz fue tomando poder. No solamente en espacios públicos, sino también en interiores. “Aprendiendo de los aciertos y errores de los europeos, desarrolló la lámpara eléctrica, una luz sin combustión que evitaba incendios y accidentes relacionados con la iluminación de gas”.

De la bombilla a la IA actual

El ejemplo de la iluminación es metafórico y real a la vez. “Las ciudades estadounidenses estaban más iluminadas que las europeas. En Europa, en cambio, muchas ciudades estaban protegidas y comenzar nuevas obras era más difícil”. De aquí, la importancia del pasado para entender el presente. Tal como se expuso en la conferencia, actualmente, poder predecir el impacto de la inteligencia artificial en una u otro país irá en la misma dirección que la bombilla en el siglo XIX: la manera de entender la invención en cada sitio, los apoyos políticos, la agilidad administrativa y el ímpetu de la sociedad. Hoy, nos encontramos en las primeras etapas de una transformación similar: la Revolución de la IA. En lugar de alimentar motores y lámparas, impulsa grandes modelos lingüísticos, sistemas autónomos y plataformas digitales. Pero, como la primera revolución, ésta tendrá éxito o fracaso en función de cómo el liderazgo organizativo gestione tres dominios conectados: gobernanza, infraestructura y capital humano, ‘los Edison’ que haga descubrir la IA.

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Y, más allá de ello, las consecuencias en cuanto a actitud y cambios de vida van relacionados con los inventos que surgen. Nuevamente, la bombilla nos ilumina para dicha conclusión: “Edison finalmente se desvinculó del sistema eléctrico y contribuyó a la creación de turnos de trabajo. El trabajo nocturno explotaba a los niños y tuvo que regularse de forma similar al trabajo diurno. En paralelo, los espacios públicos se transformaron en exhibiciones llenas de color gracias a la nueva iluminación y surgió la cultura del consumo, por ejemplo, el famoso Times Square en Nueva York”.

Recordando que una frase célebre siempre es recurrente, el profesor emérito nos recordó que Edison también tuvo una: “Ponga a un ser humano poco desarrollado en un entorno con luz artificial y mejorará”. Aunque Edison no previó el impacto social de sus inventos ni anticipó lo que estaba por venir, el mundo nunca volvió a ser el mismo. Y los Estados Unidos, gracias a Edison y otros inventores, se convirtió en la verdadera cuna de los revolucionarios que transformaron la sociedad estadounidense.

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