Marko Daniel: “Huyendo del gris del franquismo, Miró encontró color y libertad en los Estados Unidos”
Marko Daniel, director de la Fundación Joan Miró y comisario de la exposición Miró y los Estados Unidos. (Foto cedida por la Fundación Joan Miró)
Hasta el 22 de febrero de 2026, la Fundación Joan Miró acoge la exposición Miró y los Estados Unidos, una muestra que revisa el vínculo continuo que Miró mantuvo con el contexto artístico, institucional y cultural norteamericano desde finales de los años veinte y, especialmente, a partir de la estancia que realizó en Nueva York en 1947. Lejos de ser un hecho puntual, este diálogo transatlántico marcó profundamente su obra y situó a Miró como una figura de referencia para varias generaciones de artistas de los Estados Unidos, en un momento decisivo para la configuración del arte moderno y del expresionismo abstracto.
En el marco del 50.º aniversario de la Fundación, conversamos con Marko Daniel, director de la institución y comisario de la exposición, para profundizar en esta relación y en el papel que Estados Unidos desempeñó como territorio de libertad creativa, de intercambio y de oportunidades para Miró.
¿Qué relación mantuvo Joan Miró con Estados Unidos a lo largo de su trayectoria?
La relación de Miró con los Estados Unidos fue larga, intensa y sostenida en el tiempo. Comienza ya a finales de los años veinte, mucho antes de que viajara físicamente, a través de diversas exposiciones y de su galerista en Nueva York, Pierre Matisse. De hecho, su primera exposición en un museo público tuvo lugar en Estados Unidos, en el Brooklyn Museum, y no en París ni en Barcelona. En 1947 realiza su primer viaje a Nueva York, pero este llega después de años de presencia continuada en el país, tanto institucional como artística. A partir de entonces, Miró regresará en varias ocasiones y los Estados Unidos se convertirán en el segundo país más visitado por él después de Francia, manteniendo durante décadas un diálogo constante con artistas, museos y coleccionistas norteamericanos.
¿Qué significó Estados Unidos para Miró?
Sobre todo, libertad y esperanza. Venía de una Europa devastada por la guerra y, en su caso, de una España marcada por la represión franquista, por los paisajes grises y por la autarquía. Estados Unidos representaba un mundo distinto: color, apertura, posibilidades y libertad creativa, pero también libertad de pensamiento y política, algo fundamental para él. Además, le ofreció oportunidades reales para crear, como el estudio que tuvo en Nueva York durante unos meses durante el 1947. También le proporcionó una estabilidad económica que le permitiría trabajar con ambición en un momento difícil. Todo ello convirtió a Estados Unidos en un espacio clave para su desarrollo artístico y personal.
¿Cómo lo refleja la exposición?
La exposición lo refleja mostrando la relación de Miró con Estados Unidos a partir de momentos y vínculos muy concretos: las primeras exposiciones en museos públicos norteamericanos, las retrospectivas en el MoMA, los contactos con galeristas como Pierre Matisse y, sobre todo, los diálogos creativos con artistas como Alexander Calder, Louise Bourgeois o los pintores del expresionismo abstracto. El recorrido pone el acento en los intercambios, las amistades y las influencias mutuas, y muestra como Miró no solo influyó en los artistas estadounidenses, sino que también aprendió de ellos.
En la muestra se habla mucho de 1947.
El viaje de 1947 fue decisivo porque le permitió vivir desde dentro un ecosistema artístico que hasta entonces solo conocía a distancia. Miró pasó siete meses en Nueva York, en un estudio propio, trabajando intensamente y entrando en contacto directo con artistas, arquitectos, músicos y poetas. No fue una estancia aislada, sino una inmersión plena en la vida cultural de la ciudad: visitaba talleres, asistía a conciertos, al cine, al ballet, y compartía ideas con creadores de distintas generaciones. Aquella experiencia reforzó su curiosidad y su voluntad de seguir experimentando, y consolidó una relación con Estados Unidos que ya no sería nunca más solo institucional, sino profundamente personal y creativa.
¿Qué papel desempeñaron Alexander Calder y Josep Lluís Sert como puertas de entrada de Miró a Nueva York?
Fueron figuras clave. Alexander Calder era un amigo muy cercano a Miró y le ayudó a integrarse en la vida cultural neoyorquina. Le presentó a artistas, espacios y ambientes creativos muy diversos. No solo compartían una afinidad artística, sino también una relación personal basada en el intercambio constante de ideas y de obras. Josep Lluís Sert, por su parte, fue un contacto fundamental desde el punto de vista arquitectónico e institucional. Exiliado a Estados Unidos tras la Guerra Civil, ocupó una posición de enorme influencia como decano de la Graduate School of Design de Harvard, y facilitó encargos y proyectos que permitieron a Miró trabajar, por ejemplo, en espacios públicos norteamericanos.
¿Qué relación mantuvo Miró con los artistas del expresionismo abstracto, como Pollock, Krasner o Rothko?
Miró fue una figura de referencia fundamental para muchos artistas del expresionismo abstracto, especialmente a partir de las retrospectivas del MoMA de los años cuarenta y cincuenta. Artistas como Jackson Pollock o Lee Krasner vieron en su obra una nueva forma de entender la pintura: una superficie sin centro, donde el gesto, el ritmo y la distribución de las formas se extendían por todo el lienzo. Las Constelaciones, expuestas en Nueva York durante la guerra, tuvieron un impacto muy importante y fueron descritas como “pequeños milagros”.
Miró se presenta a menudo como un artista que nunca deja de aprender.
Tenía una curiosidad constante y una enorme capacidad para mantenerse abierto a lo que hacían los artistas más jóvenes. Cuando estaba en Estados Unidos, lejos de situarse en una posición de maestro consagrado, quería entender qué estaba ocurriendo a su alrededor y cómo evolucionaba el arte contemporáneo. Observaba con interés las nuevas maneras de trabajar, el uso del gesto, la escala de las obras o la relación con el cuerpo y el espacio, e incorporaba estas experiencias a su propia práctica. Esta actitud de aprendizaje permanente la mantuvo a lo largo de toda su vida.
La exposición también pone énfasis en las artistas norteamericanas de la época. ¿Han sido históricamente invisibilizadas?
Sí. En Nueva York, Miró se relacionó con artistas como Lee Krasner, Louise Bourgeois, Maya Deren, Len Lye o Louise Nevelson, que participaban activamente en los debates y en las prácticas más innovadoras del momento. Sin embargo, muchas de ellas quedaron fuera del relato oficial del expresionismo abstracto. La exposición quiere hacer visible que este entorno creativo no era exclusivamente masculino y que el diálogo de Miró con Estados Unidos también fue un diálogo con estas artistas, con sus formas de trabajar y de pensar el gesto, el cuerpo y el proceso creativo.
¿Cómo encaja la exposición en el contexto del 50.º aniversario de la Fundación Joan Miró?
Esta exposición permite recordar que la Fundación nace de una mirada abierta y profundamente internacional, fiel al espíritu con el que Miró entendió el arte y el mundo. Miró concibió la Fundación como un proyecto para el futuro, pensado para seguir dialogando con su tiempo y con las generaciones venideras. Miró y los Estados Unidos muestra precisamente esta actitud: la voluntad de mantenerse abierto, de dialogar con otros contextos culturales y de defender valores como la libertad, la esperanza y la curiosidad creativa.
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