Dr. Michael White: “El jazz de Nueva Orleans es una metáfora de la libertad y la democracia”
Clarinetista, historiador y divulgador del jazz de Nueva Orleans
Michael White es una de las voces más respetadas del jazz tradicional de Nueva Orleans. Nacido y criado en este entorno único, el clarinetista lleva más de cincuenta años trabajando para preservar y mantener vivo este lenguaje musical, nacido en las calles, en desfiles y funerales, y estrechamente ligado a la vida de la comunidad. Formado en este contexto desde mediados de los años setenta, White no sólo ha interpretado este legado: lo ha aprendido directamente de los últimos músicos de la primera generación del jazz, que habían compartido escenario con figuras como Louis Armstrong, King Oliver o Sidney Bechet.
Con un estilo propio, pero profundamente arraigado en la tradición afrocriolla, White combina el respeto por el repertorio clásico con composiciones y reinterpretaciones que demuestran que este lenguaje sigue vivo. A lo largo de su trayectoria, ha llevado esta manera de entender el jazz a escenarios de todo el mundo, desde el Carnegie Hall hasta el Lincoln Center. En paralelo, ha desarrollado una larga carrera como profesor, historiador y divulgador del jazz, una labor que mantuvo hasta su jubilación en 2023.
Conversamos con motivo del concierto que hará el próximo 9 de abril de 2026 en Barcelona, dentro del ciclo Barcelona Springtime Swing ‘26, en el Ateneu Barcelonès (19:30 h). Actuará con la formación Sunset Rhythm Kings, integrada por Dani Alonso (trombón), Oriol Vallès (trompeta), Marc Martin (piano), Albert Martínez (contrabajo) y Joan Casares (batería). Las entradas ya están a la venta.
Decimos que Nueva Orleans es la cuna del jazz. ¿Por qué?
Por su historia y su cultura. Nueva Orleans es una ciudad muy diferente al resto de los Estados Unidos, con influencia francesa y española, y con una relación muy intensa con la música desde sus inicios. Era un lugar donde vivir era difícil, especialmente por el clima, y eso hizo que los habitantes tuvieran siempre ganas de celebrar la vida. Esto se tradujo en grandes comidas, bailes, desfiles… y música. Música en todas partes: en las calles, en las iglesias e, incluso, en los funerales.
¿Qué papel tiene la influencia africana en el nacimiento del jazz?
Es fundamental. En Nueva Orleans había una presencia importante de población afrodescendiente, tanto esclava como libre, y eso hacía que fuera muy diferente a otros lugares de los Estados Unidos. Los esclavos se reunían los domingos para tocar y bailar música africana. A veces participaban centenares de personas, organizadas según su origen, y tocaban y bailaban con ritmos propios de cada pueblo. Esta tradición dejó una huella muy profunda en la música de la ciudad. Se ve en los desfiles, en la manera de tocar, en el ritmo… Y no sólo en el jazz, sino también en otros géneros como el gospel o el rhythm and blues. El jazz nace precisamente de esta mezcla: influencias africanas, europeas, música religiosa y música popular, todo combinado en un mismo espacio y en una misma comunidad.
Más allá de la música, ¿qué representa el jazz?
Representa muchas cosas. Por un lado, es música para celebrar y para bailar. Pero también es una forma de expresión que nace en un contexto de mucha opresión hacia la comunidad negra. En este sentido, el jazz se convierte en una metáfora de la libertad y de la democracia. Cuando tocas jazz, tienes voz propia, puedes expresar tu personalidad, tu manera de pensar… Y eso, en aquella sociedad, a menudo no era posible. Por eso el jazz no es sólo una forma de entretenimiento: también es una manera de hacerse visible y de resistir.
Y, concretamente, ¿qué hace diferente el jazz de Nueva Orleans?
Es una música de comunidad. De familia, de barrio. Nace en un contexto muy concreto, muy arraigado en la vida cotidiana. Pero hay una paradoja: hoy, el jazz tradicional casi no se escucha en Nueva Orleans. Muchos músicos tocan sobre todo para turistas, y eso hace que la música se simplifique. Los turistas quieren entretenimiento, y a menudo eso deja fuera la parte más rica y compleja del jazz. Las melodías de figuras como King Oliver o Jelly Roll Morton son muy elaboradas, y requieren grandes dosis de estudio y práctica. Y eso, poco a poco, se está perdiendo.
¿Por qué?
Porque es un estilo exigente. Es una música rica, con estructuras complejas, con introducciones, interludios, cambios… No es fácil de tocar. Hoy muchos músicos optan por repertorios más simples, que funcionan mejor en determinados contextos. Pero eso hace que se pierda parte de la profundidad de la música. Por eso, en mi caso, intento mantener este repertorio vivo y también escribir música nueva inspirada en esta tradición.
¿Cuál fue tu primer contacto con el jazz de Nueva Orleans?
Fue bastante tarde y casi por accidente. Yo venía de bandas escolares, había estudiado clarinete y sabía leer música, pero no conocía el jazz tradicional de Nueva Orleans. El punto de inflexión llegó en 1975, cuando empecé a tocar con una brass band en desfiles, funerales y eventos de la comunidad. Allí es donde entré realmente en este mundo.
¿Con quién te reflejaste?
Tuve la suerte de tocar con músicos de la primera generación del jazz, nacidos entre finales del siglo XIX y principios del XX. Muchos de ellos habían tocado con figuras como Louis Armstrong o Sidney Bechet. Con ellos no sólo aprendí a tocar, sino también todo lo que hay detrás: la historia, el contexto, la manera de entender la música. Hay muchas cosas que no están en los libros y que sólo se pueden transmitir así.
También has sido profesor durante décadas.
Sí, y me he dado cuenta de que el principal problema es que esta música no se enseña. En las escuelas y universidades de los Estados Unidos, si se enseña jazz, es sobre todo el jazz moderno. Pero el jazz tradicional de Nueva Orleans prácticamente no está. Esto hace que muchos músicos no lo conozcan ni lo entiendan. Y es una lástima, porque esta música no son sólo notas: es cultura. Refleja cómo hablamos, cómo caminamos, cómo bailamos, cómo vivimos. Si no se enseña esto, se pierde una parte muy importante de la identidad de Nueva Orleans.
¿Qué papel ha tenido Wynton Marsalis en la recuperación de este legado?
Ha sido clave. Fue de los primeros músicos modernos que reivindicaron que el jazz tradicional de Nueva Orleans es una música importante y que debe estudiarse. Cuando Wynton Marsalis empezó, no conocía mucho esta tradición. Fue a través del contacto con músicos de Nueva Orleans (entre ellos yo mismo) que se empezó a interesar y entendió su valor. A partir de ahí, la defendió públicamente y la incorporó en proyectos educativos y conciertos. Esto hizo que muchos jóvenes músicos se fijaran y la recuperaran. En este sentido, su aportación ha sido decisiva para dar visibilidad y legitimidad a este estilo.
¿Qué músicos te han influido más como clarinetista?
Sobre todo, los grandes nombres del jazz tradicional: Johnny Dodds, Sidney Bechet, George Lewis o Jimmie Noone. A partir de ahí, intento construir una voz propia, siempre arraigada a este sonido y a esta manera de entender la música.
Este abril actuarás por primera vez en Barcelona. ¿Qué interpretarás?
Para mí es un honor venir a Barcelona. He tocado muchas veces en España -en Madrid, Sevilla o en el País Vasco-, pero nunca aquí, así que tengo muchas ganas. En el concierto del día 9 interpretaremos jazz tradicional de Nueva Orleans, con piezas clásicas y también composiciones propias. El objetivo es compartir esta música tal y como es: viva, cargada de historia, pero también con toques de presente.
Barcelona tiene una escena muy activa. ¿Crees que puede ayudar a mantener viva la llama del jazz de Nueva Orleans?
Sí, absolutamente. De hecho, a menudo en Europa la gente conoce muy bien esta música, a veces incluso más que en Estados Unidos. Hay músicos y público que se acercan con mucho respeto y con mucha curiosidad, y eso es muy importante. El jazz nace en Nueva Orleans, pero hoy es una música global. Y que ciudades como Barcelona la mantengan viva es una muy buena noticia.
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